miércoles, 5 de diciembre de 2012

Edwar Sapir: DEFINICIÓN DEL LENGUAJE


Edwar Sapir 

DEFINICIÓN DEL LENGUAJE 

    El habla es un hecho tan familiar de la vida de todos los días, que raras veces nos 
preocupamos por definirla. El hombre la juzga tan natural como la facultad de caminar, y 
casi tan natural como la respiración. Pero sólo hace falta un instante de reflexión para 
convencernos de que esta “naturalidad” del habla es una impresión ilusoria. El proceso de 
adquisición del habla es, en realidad, algo totalmente distinto del proceso de aprender a 
caminar. En este último caso, la cultura - o, en otras palabras, el conjunto tradicional de 
hábitos sociales - no entra propiamente en juego. Cada niño está preparado, por el complejo 
conjunto de factores que llamamos herencia biológica, para realizar todas las adaptaciones 
musculares y nerviosas que producen el acto de caminar. Puede decirse, de hecho, que la 
misma conformación de los músculos y de las partes pertinentes del sistema nervioso está 
adaptada desde un principio a los movimientos que se hacen al caminar y al llevar a cabo 
actividades análogas. En sentido muy concreto, podemos decir que el ser humano normal 
está predestinado a caminar, no porque sus mayores lo ayudarán a aprender este arte, sino 
porque su organismo está preparado, desde el nacimiento, y aun desde el momento de la 
concepción, para realizar todos estos desgastes de energía nerviosa y todas esas 
adaptaciones musculares que dan origen al acto de caminar. Dicho sucintamente, el caminar 
es una función biológica inherente al hombre. 
   
 No así el lenguaje. Es claro, desde luego, que en cierto sentido el individuo está 
predestinado a hablar, pero esto se debe a la circunstancia de que ha nacido no sólo en 
medio de la naturaleza, sino también en el seno de una sociedad que está segura - y con 
toda razón - de hacerle adoptar sus tradiciones. Eliminemos la sociedad, y habrá todas las 
razones para creer que aprenderá a caminar, dando por supuesto que logre sobrevivir. Pero 
igualmente seguro es que nunca aprenderá a hablar, esto es, a comunicar ideas según el 
sistema tradicional de una sociedad determinada. O, si no, separemos al individuo recién 
nacido del ambiente social a que ha llegado y transplantémoslo a un ambiente totalmente 
distinto. Desarrollará el arte de caminar, en su nuevo medio, más o menos como lo hubiera 
desarrollado en el antiguo. Pero su habla será absolutamente diversa del habla de su 
ambiente primitivo. Así, pues, la facultad de caminar es una actividad humana general que 
no varía sino dentro de límites muy circunscritos, según los individuos. Su variabilidad es 
involuntaria y sin finalidad alguna. El habla es una actividad humana que varía sin límites 
precisos en los distintos grupos sociales, porque es una herencia puramente histórica del 
grupo, producto de un hábito social mantenido durante largo tiempo. Varía del mismo 
modo que varía todo esfuerzo creador, quizá no de manera tan consciente, pero en todo 
caso de modo tan verdadero como las religiones, las creencias, las costumbres y las artes de 
los diferentes pueblos. El caminar es una función orgánica, una función instintiva (aunque no, por supuesto, un instinto en sí mismo); el habla es una función no instintiva, una 
función adquirida, “cultural”. 
   
 Existe un hecho que muy a menudo ha contribuído a impedir que se reconozca en el 
lenguaje un sistema puramente convencional de símbolos sonoros, un hecho que ha 
engañado a la mentalidad popular hasta el punto de hacer atribuir al habla una base 
instintiva que en realidad no posee. Nos referimos a la conocida observación de que, bajo el 
impulso de la emoción - por ejemplo, de un dolor agudo y repentino o de una alegría sin 
freno -, emitimos involuntariamente ciertos sonidos que quien los escucha interpreta como 
indicadores de la emoción misma. Pero hay una enorme diferencia entre esta expresión 
involuntaria del sentimiento y aquel tipo normal de comunicación de ideas que es el habla. 
La primera de esas expresiones es ciertamente instintiva, pero no simbólica; en otras 
palabras, el sonido emitido al sentir dolor o alegría no indica, en cuanto tal sonido, la 
emoción; no se pone a cierta distancia - digámoslo así - para anunciar que estamos 
sintiendo tal o cual emoción. Lo que hace es servir de expansión más o menos automática 
de la energía emocional; en cierto sentido, el sonido emitido entonces es parte integrante de 
la emoción misma. Más aún, esas exclamaciones instintivas no constituyen una 
comunicación en el sentido estricto de la palabra. No se dirigen a nadie; apenas se 
entreoyen - si acaso se oyen - como el ladrido de un perro, el ruido de pasos que se acercan 
o el silbido del viento. Si transmiten ciertas ideas al oyente, esto es sólo en el sentido muy 
general en que decimos que cualquier sonido, y aun cualquier fenómeno ocurrido a nuestro 
alrededor, transmite una idea a la mente que lo percibe. Si el involuntario grito de dolor que 
convencionalmente se representa con “¡ay!” se considera como un verdadero símbolo del 
habla, equivalente a una idea más o menos como ésta: ‘siento un fuerte dolor’, entonces 
será igualmente lícito interpretar la aparición de nubes como un símbolo equivalente, 
portador del mensaje concreto ‘es probable que llueva’. Sin embargo, una definición del 
lenguaje tan amplia que abarque cualquier modo de deducción pierde todo sentido. 
    
No hay que cometer el error de identificar nuestras interjecciones convencionales 
(nuestro “¡oh!” y “¡ah!”, nuestro “¡chist!”) con los gritos instintivos en sí mismos. Esas 
interjecciones no son más que fijaciones convencionales de sonidos naturales. De ahí que 
difieran muchísimo en los diversos idiomas, de acuerdo con el genio fonético peculiar de 
cada uno de ellos. En cuanto tales, se las puede considerar como parte integrante del habla, 
en el sentido propiamente cultural de este término, puesto que no se identifican con los 
gritos instintivos en sí, tal como cuckoo y killdeer no se identifican con el grito de los 
pájaros que esas voces designan, y tal como la música con que Rossini representa una 
tempestad en la obertura de Guillermo Tell no es en realidad una tempestad. En otras 
palabras, las interjecciones y palabras imitativas de sonidos del habla normal se relacionan 
con sus prototipos naturales del mismo modo como el arte, producto puramente social o 
cultural, se relaciona con la naturaleza. Podrá objetarse que, aunque las interjecciones 
difieren en cierta medida de una lengua a otra, presentan, sin embargo, semejanzas 
asombrosas y que, por lo tanto, se las puede considerar como emanadas de una base 
instintiva común. Pero el caso de las interjecciones no difiere en nada, pongamos por 
ejemplo, de las diversas formas nacionales de representación pictórica. Un cuadro japonés 
que represente una colina difiere de un cuadro moderno europeo que represente una colina 
muy semejante, y al mismo tiempo se le parece. Uno y otro se han inspirado en el mismo 
tipo de paisaje, y uno y otro lo “imitan”. Ni el uno ni el otro son exactamente la misma cosa 
que el paisaje, ni son, en sentido estricto, una continuación directa del paisaje natural. Si las dos formas de representación no son idénticas es porque proceden de diferentes tradiciones 
históricas y se han ejecutado con distintas técnicas pictóricas. Del mismo modo, las 
interjecciones del idioma japonés y del idioma inglés proceden de un prototipo natural 
común, los gritos instintivos, y por lo tanto, de manera inevitable, se sugieren el uno al otro. 

Difieren a veces mucho, a veces poco, porque se han construido con materiales o técnicas 
históricamente diferentes: las tradiciones lingüísticas respectivas, los sistemas fonéticos y 
los hábitos de lenguaje de cada uno de los dos pueblos. Sin embargo, los gritos instintivos, 
en cuanto tales, son prácticamente idénticos en toda la humanidad, del mismo modo como 
el esqueleto humano o el sistema nervioso son, desde cualquier punto de vista, un rasgo 
“fijo” del organismo humano, es decir, un rasgo que no varía sino de manera muy leve o 
“accidental”. 
   
 Las interjecciones se cuentan entre los elementos menos importantes del lenguaje. Su 
examen es provechoso principalmente porque se puede demostrar que aun esos sonidos, 
que todos convienen en considerar como los más cercanos a la expresión instintiva, sólo 
tienen naturaleza instintiva en un sentido superficial. Así, pues, aunque fuera posible 
demostrar que el lenguaje todo se remonta, en sus fundamentos primordiales, históricos y 
psicológicos, a las interjecciones, no se seguiría de ello que el lenguaje sea una actividad 
instintiva. De hecho, todos los intentos de explicar de esa manera el origen del lenguaje han 
sido infructuosos. No existe una prueba tangible, ni histórica ni de ninguna otra especie, 
que demuestre que el conjunto de los elementos del habla y de los procedimientos 
lingüísticos ha surgido de las interjecciones. Estas constituyen una parte muy reducida y 
funcionalmente insignificante del vocabulario de los diversos idiomas; en ninguna época y 
en ninguna provincia lingüística de que tengamos noticia podemos observar una tendencia 
notable a convertir las interjecciones en urdimbre inicial del lenguaje. En el mejor de los 
casos, no pasan de ser la orla decorativa de un amplio y complicado tejido. 
    Si esto puede decirse de las interjecciones, con mayor razón cabe decirlo de las palabras 
onomatopéyicas. Palabras como whippoorwill, to mew [‘maullar’], to caw [’graznar’] no 
son de ninguna manera sonidos naturales que el hombre haya reproducido instintiva y 
automáticamente. Son creaciones del espíritu humano, vuelos de la fantasía, en el mismo 
sentido en que lo es cualquier otro elemento del lenguaje. No brotan directamente de la 
naturaleza; son sugeridos por ella y juegan con ella. Así, pues, la teoría onomatopéyica del 
origen del lenguaje, la teoría que explica todo lenguaje como gradual evolución de sonidos 
de carácter imitativo, nos deja tan lejos del plano instintivo como el lenguaje en su forma 
actual. En cuanto a la teoría misma, no es más digna de fe que la teoría paralela del origen 
interjeccional. De muchas palabras que ahora no nos parecen onomatopéyicas se puede 
demostrar, es cierto, que en otro tiempo han tenido una forma fonética en que se ve que 
fueron originalmente imitaciones de sonidos naturales. Tal ocurre con la palabra inglesa to 
laugh [‘reír’]. Sin embargo, es del todo imposible demostrar - y ni siquiera parece 
intrínsecamente razonable suponerlo - que el aparato formal del lenguaje se derive de una 
fuente onomatopéyica; si algo proviene de ésta, será una parte ínfima de los elementos 
lingüísticos. Por más dispuestos que estemos, en principio, a considerar como de 
importancia fundamental en las lenguas de los pueblos primitivos la imitación de sonidos 
naturales, la realidad es que estas lenguas no muestran una preferencia particular por las 
palabras imitativas. Entre los pueblos más primitivos de la América aborigen, las tribus 
athabaskas, en el río Mackenzie, hablan lenguas en que apenas hay palabras de ese tipo, o 
en que faltan por completo; y en cambio, lenguas tan refinadas como el inglés o el alemán emplean a manos llenas las onomatopeyas. Este ejemplo revela qué escasa importancia 
tiene la simple imitación de los sonidos para la naturaleza esencial del habla. 
   
 Con esto ha quedado allanado el camino para dar una definición adecuada del lenguaje. 
El lenguaje es un método exclusivamente humano, y no instintivo, de comunicar ideas, 
emociones y deseos por medio de un sistema de símbolos producidos de manera deliberada. 
Estos símbolos son ante todo auditivos, y son producidos por los llamados “órganos del 
habla”. No hay en el habla humana, en cuanto tal, una base instintiva apreciable, si bien es 
cierto que las expresiones instintivas y el ambiente natural pueden servir de estímulo para el 
desarrollo de tales o cuales elementos del habla, y que las tendencias instintivas, sean 
motoras o de otra especie, pueden dar a la expresión lingüística una extensión o un molde 
predeterminados. La comunicación, humana o animal (si acaso se puede llamar 
“comunicación”), producida por gritos involuntarios instintivos, nada tiene de lenguaje en 
el sentido en que nosotros lo entendemos. 
  
  Acabo de hablar de los “órganos del habla”, y podría parecer, a primera vista, que esto 
equivale a admitir que el habla misma constituye una actividad instintiva, biológicamente 
predeterminada. Pero no debemos dejamos extraviar por esa simple expresión; no existen, 
en sentido estricto, órganos del habla; lo que hay, son sólo órganos que, de manera 
incidental, pueden servir para la producción de los sonidos del habla. Los pulmones, la 
laringe, el paladar, la nariz, la lengua, los dientes y los labios se emplean para ese objeto, 
pero no se les debe considerar como órganos primarios del habla, del mismo modo que los 
dedos no pueden considerarse como órganos esencialmente hechos para tocar el piano, ni 
las rodillas como órganos de la oración. El habla no es una actividad simple, realizada por 
uno o más órganos biológicamente adaptados para ese objeto. Es una red muy compleja y 
siempre cambiante de adaptaciones diversas - en el cerebro, en el sistema nervioso y en los 
órganos articulatorios y auditivos - que tiende a la deseada meta de la comunicación de 
ideas. Podemos decir que los pulmones se desarrollaron para llevar a cabo la función 
biológica indispensable que se conoce con el nombre de respiración; la nariz como órgano 
del olfato; los dientes como órganos útiles para triturar los alimentos y dejarlos listos para 
la digestión. Así, pues, si estos y otros órganos se  emplean constantemente en el habla, es 
sólo porque cualquier órgano, desde el momento en que existe, y en la medida en que puede 
ser gobernado por la voluntad, es susceptible de una utilización para finalidades 
secundarias. Desde  el punto de vista fisiológico, el habla es una función adyacente o, para 
decirlo con mayor exactitud, un grupo de funciones adyacentes. Aprovecha todos los 
servicios que puede de ciertos órganos y funciones, nerviosos y musculares, los cuales 
deben su origen y su existencia a finalidades muy distintas de las lingüísticas. 
   
 Es cierto que los psico-fisiólogos hablan de la localización de la palabra en el cerebro. 
Esto no puede significar otra cosa sino que los sonidos del habla están localizados en el 
centro auditivo del cerebro, o en una parte circunscrita de este centro, tal como están 
localizadas allí otras clases de sonidos; y que los procesos motores que intervienen en el 
habla (como son los movimientos de las cuerdas vocales en la laringe, los movimientos de 
la lengua necesarios para la pronunciación de las vocales, los movimientos de los labios 
necesarios para articular ciertas consonantes, y muchos otros) se encuentran localizados en 
los centros motores, exactamente como los demás impulsos de que dependen actividades 
motoras especiales. De la misma manera, en el centro visual del cerebro radica el comando 
de todos los procesos de reconocimiento visual que entran en juego en la lectura. 
Naturalmente, los puntos o grupos de puntos particulares de localización que se encuentran en los diversos centros y que se refieren a un elemento cualquiera del lenguaje, están 
conectados en el cerebro por ramales de asociación, de tal manera que el aspecto exterior o 
psico-físico del lenguaje consiste en una vasta red de localizaciones asociadas en el cerebro 
y en los centros nerviosos secundarios; y, desde luego, las localizaciones auditivas son las 
más importantes de todas en lo que se refiere al lenguaje. Sin embargo, un sonido del habla 
localizado en el cerebro, aun cuando esté asociado con los movimientos particulares de los 
“órganos del habla” necesarios para producirlo, dista mucho todavía de constituir un 
elemento del lenguaje; es preciso, además, que se asocie con algún elemento o con algún 
grupo de elementos de la experiencia, por ejemplo con una imagen visual o una clase de 
imágenes visuales, o bien con una sensación de relación, antes de que adquiera un 
significado lingüístico, por rudimentario que sea. Este “elemento” de la experiencia es el 
contido o “significado” de la unidad lingüística; los procesos cerebrales asociados con él, 
sean auditivos, motores o de otra naturaleza, y que sirven de respaldo inmediato al acto de 
pronunciar y al acto de escuchar el habla son simplemente un símbolo complejo de esos 
“significados”, o un signo que los expresa. De los “significados” volveremos a hablar más 
adelante. Así, pues, lo que vemos inmediatamente es que el lenguaje, en cuanto tal, no se 
encuentra localizado de manera definida, ni puede estarlo, pues consiste en una relación 
simbólica peculiar - fisiológicamente arbitraria - entre todos los posibles elementos de la 
consciencia por una parte, y por otra ciertos otros elementos particulares, localizados en los 
centros cerebrales y nerviosos, sean auditivos, motores o de otra naturaleza. Si se puede 
considerar el lenguaje como “localizado” de manera definida en el cerebro, es sólo en ese 
sentido general y sin mucho interés en que se puede decir que están “en el cerebro” todos 
los aspectos de la consciencia, todo interés humano y toda actividad humana. Por 
consiguiente, no tenemos más remedio que aceptar el lenguaje como un sistema funcional 
plenamente formado dentro de la constitución psíquica o “espiritual” del hombre. No 
podemos definirlo como una entidad en términos puramente psico-físicos, por más que la 
base psico-física sea esencial para su funcionamiento en el individuo. 
  
  Por supuesto que, desde el punto de vista del fisiólogo o del psicólogo, estamos haciendo 
una abstracción injustificable cuando así nos proponemos estudiar el tema del lenguaje sin 
una constante y explícita referencia a la base psico-física. No obstante, semejante 
abstracción es justificable. Podemos discurrir con buen provecho acerca de la intención, la 
forma y la historia del habla, de la misma manera, exactamente, como discurrimos acerca 
de la naturaleza de cualquier otra fase de la cultura humana - el arte o la religión, por 
ejemplo -, esto es, como una entidad institucional o cultural, dejando a un lado los 
mecanismos orgánicos y psicológicos por ser cosas obvias y sin interés para nuestro objeto. 
En consecuencia, debe quedar claro, de una vez por todas, que esta introducción al estudio 
del habla no se ocupa de esos aspectos de la fisiología y de la psicología fisiológica que 
están en los cimientos del lenguaje. No vamos a hacer el estudio de la génesis y el modo de 
obrar de un mecanismo concreto, sino una investigación acerca de la función y la forma de 
esos sistemas arbitrarios de simbolismo que conocemos con el nombre de idiomas. 
  
  Ya he indicado que la esencia del lenguaje consiste en el hecho de tomar sonidos 
convencionales, articulados de manera voluntaria, o sus equivalentes, como representantes 
de los diversos elementos de la experiencia. La palabra house [‘casa’] no es un hecho 
lingüístico si por él se entiende simplemente el efecto acústico que sobre el oído producen 
las consonantes y vocales que constituyen dicha palabra, pronunciadas en determinado 
orden; tampoco es un hecho lingüístico a causa de los procesos motores y de las sensaciones táctiles que intervienen en la articulación de la palabra; ni a causa de la percepción visual por parte de quien escucha esa articulación; ni a causa de la percepción visual de la palabra house en una página manuscrita o impresa: ni a causa de los procesos  motores y sensaciones táctiles que entran en juego para escribir la palabra; ni, finalmente, a causa de la memoria de alguna de estas experiencias o de todas ellas. La palabra house sólo 
es un hecho lingüístico cuando todas estas experiencias combinadas, y tal vez otras que no 
hemos mencionado, se asocian automáticamente con la imagen de una casa: entonces 
comienzan a adquirir la naturaleza de un símbolo, de una palabra, de un elemento del 
lenguaje. Pero no es suficiente todavía el simple hecho de semejante asociación. Puede ser 
que alguna vez oigamos una palabra cualquiera, proferida en una casa determinada en 
circunstancias tan impresionantes, que nunca, desde ese momento, vuelva a nuestra 
consciencia la imagen de la casa sin que al mismo tiempo se haga presente aquella palabra, 
v viceversa. Este tipo de asociación no constituye el lenguaje. La asociación a que nos 
referimos debe ser puramente simbólica: dicho de otra manera, la palabra debe denotar la 
imagen, debe rotularla, y no debe tener otra función que la de un paralelo suyo en otro 
plano, y a ese paralelo podemos acudir cada yez que sea necesario o conveniente. 
Semejante asociación, que es voluntaria y en un sentido arbitraria, exige un notable 
ejercicio de atención consciente, por lo menos en el comienzo, ya que el hábito no tarda en 
hacer esta asociación tan automática como muchas otras, y más rápida. 
   
 Pero quizá hemos avanzado con demasiada velocidad. Si el símbolo house - sea una 
experiencia o imagen auditiva, motora o visual - no se refiriera más que a la sola imagen de 
una casa determinada, vista en una sola ocasión, una crítica indulgente podría quizá darle el 
nombre de elemento del lenguaje; sin embargo, es evidente desde el principio que un 
lenguaje constituído en esa forma tendría un valor muy escaso, o nulo, para las finalidades 
de la comunicación. El mundo de nuestras experiencias necesita ser simplificado y 
generalizado enormemente para que sea posible llevar a cabo un inventario simbólico de 
todas nuestras experiencias de cosas y relaciones; y ese inventario es indispensable si 
queremos comunicar ideas. Los elementos del lenguaje, los símbolos rotuladores de 
nuestras experiencias tienen que asociarse, pues, con grupos enteros, con clases bien 
definidas de experiencia, y no propiamente con las experiencias aisladas en sí mismas. Sólo 
de esa manera es posible la comunicación; pues la experiencia aislada no radica más que en 
una consciencia individual y, hablando en términos estrictos, es incomunicable. Para que 
sea comunicada, necesita relacionarse con una categoría que la comunidad acepte 
tácitamente como una identidad. Así, la impresión particular que ha dejado en mí una casa 
determinada necesita identificarse con todas mis demás impresiones acerca de ella. Y 
además, mi memoria generalizada, o sea mi “noción” de esa casa debe fundirse con las 
nociones que se han formado acerca de la casa todos los individuos que la han visto. La 
experiencia particular que nos ha servido de punto de arranque se ha ensanchado ahora de 
tal manera, que puede abarcar todas las impresiones o imágenes posibles que acerca de la 
casa en cuestión se han formado o pueden formarse seres sensibles. Esta primera 
simplificación de la experiencia se encuentra en la base de gran número de elementos del 
habla, los llamados nombres propios, o palabras que designan individuos u objetos 
individuales. Es, en lo esencial, el mismo tipo de simplificación que constituye el 
fundamento o el material bruto de la historia y del arte. Pero no podemos contentarnos con 
este procedimiento de reducción de algo que, como la experiencia, es infinito. Debemos 
llegar hasta la médula de las cosas, debemos poner en un solo montón, de manera más o menos arbitraria, masas enteras de experiencia, viendo en ellas un número bastante de 
semejanzas para que nos autoricen a consideradas idénticas (lo cual es erróneo, pero útil 
para nuestro objeto). Esta casa y aquella otra casa y miles de otros fenómenos de carácter 
análogo se aceptan así en cuanto tienen un número suficiente de rasgos comunes, a pesar de 
las grandes y palpables diferencias de detalle, y se clasifican bajo un mismo rótulo. En otras 
palabras, el elemento lingüístico house es, primordial y fundamentalmente, no el símbolo 
de una percepción aislada, ni siquiera de la noción de un objeto particular, sino de un 
“concepto”, o, dicho en otra forma, de una cómoda envoltura de pensamientos en la cual 
están encerradas miles de experiencias distintas y que es capaz de contener muchos otros 
miles. Si los  elementos significantes aislados del habla son los símbolos de conceptos, el 
caudal efectivo del habla puede interpretarse como un registro de la fijación de estos 
conceptos en sus relaciones mutuas. 
  
  Muchas veces se ha planteado la cuestión de si sería posible el pensamiento sin el habla y 
también la cuestión de si el habla y el pensamiento no serán otra cosa que dos facetas de un 
mismo proceso psíquico. La cuestión es tanto más difícil cuanto que se la ha rodeado de un 
seto espinoso de equívocos. En primer lugar, conviene observar que, independientemente 
de si el pensamiento exige o no exige el simbolismo (es decir, el habla), el caudal mismo 
del lenguaje no siempre es un indicador de pensamiento. Hemos visto que el elemento 
lingüístico típico sirve de rótulo a un concepto. De ello no se sigue que los usos a que se 
destina el lenguaje sean siempre conceptuales, ni que lo sean de manera predominante. En 
la vida ordinaria no nos interesamos tanto por los conceptos en cuanto tales, sino más bien 
por particularidades concretas y relaciones determinadas. Por ejemplo, cuando digo I had a 
good breakfast this morning [‘me desayuné muy bien esta mañana’], es evidente que no 
estoy sintiendo las congojas de un pensamiento laborioso, y que lo que tengo que 
comunicar a quien me escucha no pasa de ser un recuerdo placentero, traducido 
simbólicamente siguiendo los carriles de una expresión habitual. Cada uno de los elementos 
de mi frase define un concepto separado, o una relación conceptual separada, o las dos 
cosas juntas, pero la frase en sí misma no tiene la menor significacion conceptual. Es más o 
menos como si un dinamo capaz de generar una corriente eléctrica suficiente para mover un 
ascensor fuera utilizado casi exclusivamente para alimentar el timbre de una puerta. Y el 
paralelo es más sugestivo de lo que podría parecer a primera vista. Se puede considerar el 
lenguaje como un instrumento capaz de responder a una enorme serie de empleos 
psíquicos. Su corriente no sólo va fluyendo paralela a la de los contenidos internos de la 
consciencia, sino que fluye paralela a ella en niveles distintos, que abarcan desde el estado 
mental en que dominan imágenes particulares hasta el estado en que los conceptos 
abstractos y sus relaciones mutuas son los únicos en que se enfoca la atención, lo cual suele 
llamarse razonamiento. Así, pues, lo único constante que hay en el lenguaje es su forma 
externa; su significado interior, su valor o intensidad psíquicos varían en gran medida de 
acuerdo con la atención o con el interés del espíritu, y asimismo - ocioso es decirlo - de 
acuerdo con el desarrollo general de la inteligencia. Desde el punto de vista del lenguaje, el 
pensamiento se puede definir como el más elevado de los contenidos latentes o potenciales 
del habla, el contenido a que podemos llegar cuando nos esforzamos por adscribir a cada 
uno de los elementos del caudal lingüístico su pleno y absoluto valor conceptual. De aquí se 
sigue inmediatamente que el lenguaje y el pensamiento, en sentido estricto, no son 
coexistentes. A lo sumo, el lenguaje puede ser sólo la faceta exterior del pensamiento en el 
nivel más elevado, más generalizado, de la expresión simbólica. Para exponer nuestro punto de vista de manera algo distinta, el lenguaje es, por su origen, una función preracional. Se esfuerza humildemente por elevarse hasta el pensamiento que está latente en 
sus clasificaciones y en sus formas y que en algunas ocasiones puede distinguirse en ellas; 
pero no es, como suele afirmarse con tanta ingenuidad, el rótulo final que se coloca sobre el 
pensamiento ya elaborado. 
  
  La mayor parte de las personas, cuando se les pregunta si pueden pensar sin necesidad de 
palabras, contestarán probablemente: “Sí, pero no me resulta fácil hacerlo. De todos modos, 
sé que es algo posible.” ¡De manera que el lenguaje vendría a ser simple ropaje! Pero ¿y si 
el lenguaje no fuera ese ropaje, sino más bien una ruta, un carril preparado? Es muy 
probable, en realidad, que el lenguaje sea un instrumento destinado originalmente a 
empleos inferiores al plano conceptual y que el pensamiento no haya surgido sino más 
tarde, como una interpretación refinada de su contenido. En otras palabras, el producto va 
creciendo al mismo tiempo que el instrumento, y quizá, en su génesis y en su práctica 
cotidiana, el pensamiento no sea concebible sin el lenguaje, de la misma manera que el 
razonamiento matemático no es practicable sin la palanca de un simbolismo matemático 
adecuado. Ciertamente nadie va a creer que hasta la más ardua proposición matemática 
depende estrechamente de un conjunto arbitrario de símbolos; pero es imposible suponer 
que la inteligencia humana sería capaz de concebir o de resolver semejante proposición sin 
la ayuda del simbolismo. Por lo que a él toca, el autor de este libro rechaza decididamente, 
como algo ilusorio, esa sensación que tantas personas creen experimentar, de que pueden 
pensar, y hasta razonar, sin necesidad de palabras. La ilusión se debe seguramente a una 
serie de factores. El más simple de ellos es la incapacidad de distinguir entre la imagen y el 
pensamiento. En realidad, tan pronto como nos esforzamos por poner una imagen en 
relación consciente con otra, vemos que, sin darnos cuenta, estamos formando un silencioso 
fluir de palabras. El pensamiento podrá ser un dominio natural, separado del dominio 
artificial del habla, pero en todo caso el habla viene a ser el único camino conocido para 
llegar hasta el pensamiento. La ilusoria sensación de que el hombre puede prescindir del 
lenguaje cuando piensa tiene otra fuente todavía más fecunda, que es la frecuentísima 
incapacidad de comprender que el lenguaje no es la misma cosa que su simbolismo 
auditivo. El simbolismo auditivo puede ser sustituído, pieza tras pieza, por un simbolismo 
motor o por un simbolismo visual (por ejemplo, muchas personas pueden leer en un sentido 
puramente visual, esto es, sin el vínculo intermediario de un flujo interno de imágenes 
auditivas que correspondan a las palabras impresas o manuscritas), o bien por algún otro 
tipo de comunicación, más sutil y huidizo y menos fácil de definir. Así, pues, la pretensión 
de que se puede pensar sin necesidad de palabras, simplemente porque uno no se da cuenta 
de la coexistencia de imágenes auditivas, dista mucho de ser válida. Podemos ir todavía 
más lejos, y sospechar que, en algunos casos, la expresión simbólica del pensamiento sigue 
su ruta fuera de los límites de la inteligencia consciente, de manera que la sensación de un 
flujo de pensamiento libre y extra-lingüístico se justifica relativamente (pero sólo 
relativamente) para cierto tipo de inteligencia. Desde el punto de vista psico-físico, esto 
viene a significar que los centros auditivos del cerebro o los centros visuales o motores 
equiválentes, junto con los apropiados conductos de asociación, que son los equivalentes 
cerebrales del habla, son afectados de manera tan imperceptible durante el proceso del 
pensamiento, que no alcanzan a subir al plano de la consciencia. Este sería un caso 
excepcional: el pensamiento cabalgando ligeramente sobre las crestas sumergidas del habla, 
en vez de trotar tranquilamente con ella, lado a lado. La psicología moderna nos ha mostrado la tremenda actividad que el simbolismo realiza en el espíritu inconsciente. Por lo 
tanto, ahora es más fácil de comprender que hace veinte años cómo el pensamiento más 
intangible puede ser tan sólo la correspondencia consciente de un simbolismo lingüístico 
inconsciente. 
    
Digamos todavía dos palabras acerca de la relación entre lenguaje y pensamiento. El 
punto de vista que hemos venido desarrollando no excluye de ningún modo la posibilidad 
de que el desenvolvimiento del habla dependa en muy alto grado del desanollo del 
pensamiento. Podemos dar por sentado que el lenguaje ha surgido pre-racionalmente - de 
qué manera concreta y en qué nivel preciso de actividad mental es algo que no sabemos -, 
pero no debemos imaginar que un sistema bien desanollado de símbolos lingüísticos haya 
podido elaborarse con anterioridad a la génesis de conceptos claramente definidos y a la 
utilización de los conceptos, o sea el pensamiento. Lo que debemos imaginar es más bien 
que los procesos del pensamiento entraron en juego, como una especie de afloramiento 
psíquico, casi en los comienzos de la expresión lingüística, y que el concepto, una vez 
definido, influyó necesariamente en la vida de su símbolo lingüístico, estimulando así el 
desarrollo del lenguaje. Este complejo proceso de la interacción entre el lenguaje y el 
pensamiento no es imaginario: seguimos viendo positivamente cómo se efectúa ante 
nuestros ojos mismos. Si el instrumento hace posible el producto, el producto, a su vez, 
refina al instrumento. Al nacimiento de un concepto nuevo precede, invariablemente, un 
empleo más o menos restringido o extenso del viejo material lingüístico; el concepto no 
adquiere vida individual e independiente sino cuando ha encontrado una envoltura 
lingüística. En la mayor parte de los casos, el nuevo símbolo no es más que un objeto 
forjado a base de material lingüístico ya existente, según procedimientos elaborados por 
precedentes extraordinariamente despóticos. Tan pronto como la palabra queda lista, 
sentimos de manera instintiva, con una especie de suspiro de alivio, que también el 
concepto está listo para que lo manejemos. Mientras no poseamos el símbolo, no podremos 
sentir que tenemos en las manos la llave capaz de abrir el conocimiento o la comprensión 
inmediata del concepto. ¿Acaso estaríamos tan prontos a morir por la “libertad”, a luchar 
por nuestros “ideales”, si las palabras mismas no estuvieran resonando dentro de nosotros? 
Y la palabra, como sabemos, no es sólo una llave; puede ser también una traba. 

   El lenguaje es, primordialmente, un sistema auditivo de símbolos. En cuanto es 
articulado, es también un sistema motor, pero el aspecto motor del habla es, con toda 
evidencia, algo secundario en relación con el aspecto auditivo. En los individuos normales, 
el impulso a hablar toma forma, primero, en la esfera de las imágenes auditivas, y de ahí se 
transmite a los nervios motores por los cuales se gobiernan los órganos del habla. Sin 
embargo, los procesos motores y las sensaciones motoras que los acompañan no son la 
culminación, el punto final de descanso. Son tan sólo un instrumento, una palanca mediante 
la cual se provoca la percepción auditiva, tanto en el hablante como en el oyente. La 
comunicación, o sea el objeto mismo del lenguaje, no se lleva a cabo satisfactoriamente 
sino cuando las percepciones auditivas del oyente se traducen a una adecuada e intencional 
serie de imágenes o de pensamientos, o de las dos cosas combinadas. Por consiguiente, el 
ciclo del lenguaje, en la medida en que se le puede considerar como un instrumento 
puramente externo, comienza y acaba en el terreno de los sonidos. La concordancia entre 
las imágenes auditivas iniciales y las percepciones auditivas finales es como la sanción o la 
garantía social del satisfactorio resultado del proceso. Como ya hemos visto, el desarrollo típico de este proceso puede sufrir innumerables modificaciones o transferencias a sistemas 
equivalentes, sin perder por ello sus características formales esenciales. 
   
 La más importante de estas modificaciones es la abreviación que supone el proceso 
lingüístico durante el acto de pensar. Esta abreviación puede realizarse, indudablemente, en 
muchas formas, de acuerdo con las peculiaridades estructurales o funcionales de cada 
inteligencia. La forma menos modificada es esa que se llama “hablar consigo mismo” o 
“pensar en alta voz”. El hablante y el oyente se confunden entonces en una sola persona, la 
cual, por así decirlo, se comunica consigo misma. De mayor importancia es la forma, 
todavía más abreviada, en que los sonidos del habla no se articulan en absoluto. A ella 
pertenecen todas las variedades de lenguaje silencioso y de pensamiento normal. Así, los 
únicos que a veces reciben una excitación son los centros auditivos; o bien, el impulso 
hacia la expresión lingüística puede comunicarse igualmente a los nervios motores que 
están en conexión con los órganos de la palabra, pero queda inhibido, ya sea en los 
músculos de estos órganos, ya en algún punto de los mismos nervios motores; o, si no, los 
centros auditivos pueden quizá ser afectados de modo muy ligero, si acaso llegan a serlo, y 
entonces el proceso del habla se manifiesta directamente en la esfera motora. Además de 
éstos existen sin duda otros tipos de abreviación. La excitación de los nervios motores es 
muy frecuente en el habla silenciosa, de la cual no resulta ninguna articulación audible o 
visible; ese hecho se demuestra por la conocida experiencia de la fatiga de los órganos del 
habla, sobre todo de la laringe, después de una lectura particularmente estimulante, o tras 
una intensa meditación. 
  
  Todas las modificaciones consideradas hasta aquí están absolutamente conformes al 
proceso típico del habla normal. De gran interés y de suma importancia es la posibilidad de 
transferir el sistema todo de simbolismo del habla a términos distintos de los que supone el 
proceso típico. Este proceso, como hemos visto, es una cuestión de sonidos y de 
movimientos cuya finalidad es la producción de sonidos. El sentido de la vista no entra en 
juego. Pero supongamos que no sólo se oigan los sonidos articulados, sino que se vean las 
articulaciones mismas a medida que las va ejecutando el hablante. Es evidente entonces 
que, si uno puede adquirir un grado suficiente de destreza en la percepción de tales 
movimientos de los órganos del habla, queda abierto el camino para un nuevo tipo de 
simbolismo en que el sonido es reemplazado por la imagen visual de las articulaciones que 
corresponden al sonido. Este nuevo sistema no ofrece gran interés para la mayor parte de 
nosotros, porque ya estamos como encerrados dentro del sistema auditivo-motor; en el 
mejor de los casos, aquél sería simplemente una traducción imperfecta de éste, puesto que 
no todas las articulaciones son perceptibles para el ojo. Sin embargo, es muy bien conocido 
el excelente empleo que los sordomudos pueden hacer de la “lectura de los labios”, que 
resulta así un medio subsidiario de captar el habla. El más importante de todos los 
simbolismos lingüísticos visuales es, por supuesto, el de la palabra manuscrita o impresa, al 
cual, desde el punto de vista de las funciones motoras, corresponde toda la serie de 
movimientos exquisitamente coordinados cuyo resultado es la acción de escribir, a mano o 
a máquina, o cualquier otro método gráfico de representar el habla. En estos nuevos tipos 
de simbolismo, el rasgo que es esencialmente importante para nuestro reconocimiento, sin 
contar el hecho de que ya no son productos secundarios del habla normal en sí misma, es 
que dentro del sistema cada uno de los elementos (letra o palabra escrita) corresponde a un 
elemento determinado (sonido o grupo de sonidos o palabra pronunciada) del sistema 
primario. Así, pues, el lenguaje escrito equivale, punto por punto, a ese modo inicial que es el lenguaje hablado. Las formas escritas son símbolos secundarios de las habladas - 
símbolos de símbolos -; y es tan estrecha la correspondencia, que no sólo en teoría, sino 
también en la práctica de ciertas personas acostumbradas a la lectura puramente visual, y tal 
vez en ciertos tipos de pensamiento, las formas escritas pueden sustituir del todo a las 
formas habladas. Sin embargo, es probable que las asociaciones auditivo-motoras estén 
siempre cuando menos latentes, esto es, que entren en juego de manera inconsciente. Aun 
aquellos que leen o piensan sin el más ligero empleo de imágenes sonoras, dependen, en 
última instancia, de esas imágenes. Están manejando simplemente el medio circulante, la 
moneda de los símbolos visuales, como un cómodo sustituto de las mercancías y servicios 
de los símbolos auditivos fundamentales. 
   
 Las posibilidades de transferencia lingüística son ilimitadas. Un ejemplo de todos 
conocido es el afabeto morse empleado en el telégrafo, en el cual las letras del lenguaje 
escrito están representadas por una serie, convencionalmente establecida, de golpes más o 
menos largos. Aquí la transferencia se lleva a cabo a partir de la palabra escrita y no 
directamente a partir de los sonidos del lenguaje hablado. En otras palabras, la letra del 
código telegráfico es el símbolo del símbolo de un símbolo. Por supuesto que de ello no se 
sigue, en modo alguno, que, para llegar a comprender un mensaje telegráfico, el operador 
experimentado tenga necesidad de transponer una serie dada de golpecitos a una imagen 
visual a fin de captar su imagen auditiva normal. El método preciso de descifrar el lenguaje 
transmitido por vía telegráfica varía muchísimo, como es natural, de acuerdo con los 
individuos. Hasta es concebible, aunque no muy probable, que ciertos telegrafistas puedan 
llegar a tal grado de experiencia, que aprendan a pensar, sin más, bajo la forma de un 
simbolismo auditivo de golpeteo; esto no repugna, por lo menos en lo que se refiere a la 
parte estrictamente consciente del proceso de pensamiento; o bien, en el caso de 
telegrafistas dotados de una fuerte tendencia al simbolismo motor, es posible que piensen 
bajo la forma del simbolismo táctil que se desarrolla en la transmisión de mensajes 
telegráficos. 
   
 Hay todavía otro interesante grupo de transferencias: el de los diferentes lenguajes de 
señas, desarrollados para uso de los sordomudos, o de los monjes trapenses que han hecho 
voto de perpetuo silencio, o que suelen emplear las personas que pueden verse mutuamente, 
pero que están demasiado lejos entre sí para poder escucharse. Algunos de estos sistemas 
equivalen punto por punto al sistema normal del habla; otros, como el simbolismo de 
ademanes empleado por los militares o el lenguaje de señas que utilizan los indios de las 
llanuras en los Estados Unidos (lenguaje comprendido por tribus que hablan idiomas muy 
distintos), son transferencias imperfectas, que se limitan a expresar aquellos elementos 
rudimentarios del lenguaje que son un mínimo indispensable bajo circunstancias 
excepcionales. Se puede alegar que en estos últimos simbolismos - como también en otros 
simbolismos todavía más imperfectos, por ejemplo los empleados en el mar o en los 
bosques - el lenguaje ya no desempeña propiamente ningún papel, sino que las ideas se 
transmiten de manera directa por un proceso simbólico que nada tiene que ver con él, o por 
medio de un mimetismo cuasi-instintivo. Pero semejante interpretación sería errónea. La 
inteligibilidad de estos vagos simbolismos no puede deberse sino a su traslado automático y 
silencioso a los términos de un lenguaje mejor conformado. 

   De lo anterior tendremos que concluir que toda comunicación voluntaria de ideas, 
prescindiendo del habla normal, es una transferencia, directa o indirecta, del simbolismo 
típico del lenguaje hablado u oído, o que, cuando menos, supone la intervención de un simbolismo auténticamente lingüístico. Es éste un hecho de suma importancia. Las 
imágenes auditivas y las imágenes motoras (relacionadas con las auditivas) que determinan 
la articulación de los sonidos, son la fuente histórica de todo lenguaje y de todo 
pensamiento; podrán ser muy apartados los atajos por los cuales sigamos este proceso, pero 
la conclusión será la misma. Y he aquí otro punto, de importancia mayor todavía. La 
facilidad con que el simbolismo lingüístico puede transferirse de un sentido a otro, de una 
técnica a otra, nos está indicando por sí sola que los sonidos del habla, en cuanto tales, no 
son el hecho esencial del lenguaje, sino que éste consiste más propiamente en la 
clasificación, en la fijación de formas y en el establecimiento de relaciones entre los 
conceptos. Repitámoslo una vez más: el lenguaje, en cuanto estructura, constituye en su 
cara interior el molde del pensamiento. Este lenguaje abstracto, y no propiamente los 
hechos físicos del habla, es lo que va a ocupamos en nuestro estudio. 
  
  Entre los hechos generales relativos al lenguaje, no hay uno que nos impresione tanto 
como su universalidad. Podrá haber discusiones en cuanto a si las actividades que se 
realizan en una tribu determinada son merecedoras del nombre de religión o de arte, pero 
no tenemos noticias de un solo pueblo que carezca de lenguaje bien desarrollado. El más 
atrasado de los bosquimanos de Sudáfrica se expresa en las formas de un rico sistema 
simbólico que, en lo esencial, se puede comparar perfectamente con el habla de un francés 
culto. No hay para qué decir que los conceptos más abstractos no se hallan representados 
tan abundantemente, ni con mucho, en la lengua del salvaje; y ésta carece asimismo de esa 
riqueza de vocabulario y de esa exquisita matización de conceptos que caracterizan a las 
culturas más elevadas. Sin embargo, esta especie de desenvolvimiento lingüístico que va 
corriendo paralelamente al desarrollo histórico de la cultura, y que en sus etapas más 
avanzadas asociamos con la literatura, no pasa de ser algo superficial. La armazón básica 
del lenguaje, la constitución de un sistema fonético bien definido, la asociación concreta de 
los elementos lingüísticos con los conceptos y la capacidad de atender con eficacia a la 
expresión normal de cualquier clase de relaciones, todas estas cosas las encontramos 
perfeccionadas y sistematizadas rígidamente en cada uno de los idiomas que conocemos. 
Muchas lenguas primitivas poseen una riqueza de formas, una latente exuberancia de 
expresión que eclipsan cuantos recursos poseen los idiomas de la civilización moderna. 
Hasta en el simple terreno del inventario léxico de una lengua, el profano tiene que estar 
preparado para las más extrañas sorpresas. Las opiniones que suele tener la gente en cuanto 
a la extrema pobreza de expresión a que están condenadas las lenguas primitivas son puras 
fábulas. La increíble diversidad del habla es un hecho casi tan impresionante como su 
universalidad. Quienes hemos estudiado francés o alemán, o, mejor aún, latín o griego, 
sabemos en qué formas tan variadas puede expresarse un pensamiento. No obstante, las 
divergencias formales entre el plano inglés y el plano latino son relativamente desdeñables 
en comparación de lo que sabemos de moldes lingüísticos más exóticos. La universalidad y 
la diversidad del habla nos llevan a una deducción muy importante. Sin entrar en la 
cuestión de si todas las formas de habla se desprenden históricamente o no de una sola 
forma prístina, debemos convenir en que el lenguaje es una herencia antiquísima del género 
humano. Es dudoso que alguna otra posesión cultural del hombre, sea el arte de hacer 
brotar el fuego o el de tallar la piedra, pueda ufanarse de mayor antigüedad. Yo me inclino 
a creer que el lenguaje es anterior aun a las manifestaciones más rudimentarias de la cultura 
material, y que en realidad estas manifestaciones no se hicieron posibles, hablando estrictamente, sino cuando el lenguaje, instrumento de la expresión y de la significación, 
hubo tomado alguna forma. 
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Notas
1  [El cuckoo es el cuco o cuclillo; el killdeer es un ave norteamericana llamada así por
“onomatopeya”; en el mismo caso están el tildío, pajarillo mexicano, y el benteveo,
pajarillo argentino.]
2  [Especie de chotacabras norteamericano, cuyo nombre se debe a onomatopeya.]
3  [La primera edición de este libro es de 1921.]
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* Capítulo I de El lenguaje, Fondo de Cultura Económica, México, 1954 (original de
1921).

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